Las dos venidas de nuestro Señor Jesucristo

Las dos venidas de nuestro Señor Jesucristo
Lo que la Biblia revela es que lo que nos pase en su segunda venida, tendrá que ver con la actitud que hayamos adoptado hacia Cristo en esta vida. ¿Es Aquel que nació en Belén y murió en una cruz tu único Señor y Salvador?

 

La Biblia nos informa acerca de dos venidas de nuestro Señor Jesucristo al mundo. La primera de ellas es la que comúnmente conocemos como la Navidad, es decir, el nacimiento de Jesús en Belén de Judea en tiempos de Augusto César hace ya más de dos mil años. Este es un nacimiento singular e irrepetible. Es la venida al mundo, para tomar carne, de Aquel que ha existido desde siempre, el eterno Hijo de Dios.

Esta primer venida pone el acento en el estado de humillación que asumió nuestro Señor Jesucristo para salvarnos.

Como ya anticipó el profeta Isaías: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz”, Isaías 9.6. Aquel que nació de una virgen es, al mismo tiempo, en palabras del ángel a los pastores de Belén: “un Salvador, que es Cristo, el Señor”, Lucas 2.11. Está venida fue en humildad, en forma de siervo, pero el propósito de esta venida era extraordinario. El autor de la Epístola a los Hebreos lo expresa así: “pero ahora, en la consumación de los siglos, Cristo se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado”, Hebreos 9.26. Esta es la suprema manifestación de la gloria de nuestro Señor Jesucristo: su muerte expiatoria a favor de su iglesia. Su gloria aparece, pues, en el despliegue del gran amor del Padre en la entrega de su Hijo, por el Espíritu Santo, como propiciación por nuestros pecados, Hebreos 9.14. Ese es el objetivo por el que Cristo vino al mundo y tomó carne como la nuestra, aunque sin pecado: nuestra salvación: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos, que Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores”, 1ª Timoteo 1.15. No resulta, pues, extraño que las huestes celestiales que aparecieron en el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo alabaran a Dios diciendo: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz, buena voluntad para con los hombres!”, Lucas 2.14. Y es que la aparición del Señor en carne muestra la excelencia del carácter del Dios eterno. Pero, aunque su gloria reside de una manera eminente en su muerte expiatoria, en  esta primer venida el acento se pone en el estado de humillación que asumió nuestro Señor Jesucristo para salvarnos. Así lo expresa el Apóstol Pablo en medio de una exhortación a la humildad : “Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús,el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, Filipenses 2.5-8. Y es que el mismo ángel que anunció su nacimiento a los pastores llama la atención de los mismos sobre la humilde condescendencia que rodea al Mesías: “Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre”, Lucas 2.12.

El Salvador no vino al mundo en un palacio, rodeado de lujos y opulencia, sino en condiciones que anticipaban a Aquel que: “no tendría donde recostar su cabeza”, Lucas 9.58. El Señor habitó como una especie de exiliado en tierra ajena con el fin de obtener nuestra salvación. Como bien anticipó y resumió Isaías: “Muchos se asombraron de él, pues tenía desfigurado el semblante; ¡nada de humano tenía su aspecto! Del mismo modo, muchas naciones se asombrarán, y en su presencia enmudecerán los reyes, porque verán lo que no se les había anunciado, y entenderán lo que no habían oído. ¿Quién ha creído a nuestro mensaje y a quién se le ha revelado el poder del Señor? Creció en su presencia como vástago tierno, como raíz de tierra seca. No había en él belleza ni majestad alguna; su aspecto no era atractivo y nada en su apariencia lo hacía deseable. Despreciado y rechazado por los hombres, varón de dolores, hecho para el sufrimiento. Todos evitaban mirarlo; fue despreciado, y no lo estimamos”, Isaías 52.14-53.3. “He aquí el hombre”, dijo Pilato a la multitud al presentarles a uno azotado y coronado de espinas. En ese estado de humillación fue Jesucristo nuestro Salvador al morir finalmente en la cruz para nuestra salvación.

Será una segunda venida en la que veremos también desplegada la gloria del Hijo de Dios.

Menos conocida por muchos, pero igualmente anunciada en la Biblia, es que habrá una segunda venida de Jesucristo al mundo. Y es que Aquel que murió, resucitó de entre los muertos y ascendió al cielo. Así comenzó su estado de exaltación, Hechos 2.33; 1ª Timoteo 3.16. Ahora bien, la Escritura enseña que todavía queda un último y culminante aspecto de su exaltación por cumplirse: su segunda venida. En un sentido, cada fin de año nos debería llevar a pensar en esa segunda venida, ya que esta coincidirá con el fin de este mundo, tal y como lo conocemos. No significa que en su segunda venida todo desaparecerá, sino que este universo será transformado, y, entonces, una nueva realidad que la Biblia denomina cielo nuevo y tierra nueva, surgirá, 2ª Pedro 3.13. Y es que cada fin de cada año, no trae la desaparición de todo, sino la conclusión de un año y el advenimiento de otro nuevo año. Una segunda venida de la que no sabemos la fecha exacta. Es el mismo Señor Jesús el que así lo enseña: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras jamás pasarán. Pero en cuanto al día y la hora, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre”, Mateo 24.35,36. Pero sí sabemos que será repentina y final: “Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre. Porque dondequiera que estuviere el cuerpo muerto, allí se juntarán las águilas. E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro”. De hecho, la Escritura usa la figura de un ladrón que viene de noche cuando menos se les espera para ilustrar la segunda venida del Señor (Mateo 24.42 y 1ª Tesalonicenses 5.2). Por esto se nos exhorta a estar siempre alertas. Pero en ese día de su segunda venida, nuestro Salvador, que es Cristo el Señor: “aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan”, Hebreos 9.28. Es decir, la salvación de su iglesia quedará consumada con la presencia personal y visible del Señor Jesús. Entonces, se manifestará la realidad total de la misma. Pero será una segunda venida en la que veremos también desplegada la gloria del Hijo de Dios. Pablo haciéndose eco de esa segunda venida, nos dice de la misma que Jesucristo vendrá: “en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron”, 2ª Tesalonicenses 1.10. En este caso también contemplaremos la excelencia del Señor en su manifestación sobre todo y sobre todos. Entonces, toda rodilla se doblará y toda lengua tendrá que confesar que Jesucristo: “es el Señor para gloria de Dios el Padre”, Filipenses 2.10,11. Es decir, en esta segunda venida, el estado de Cristo será uno de exaltación. Será un día de indescriptible alegría para los que creyeron, pero de dolor para los que en esta vida le rechazaron. Así lo expresa Juan el Apóstol en el último libro de la Biblia: “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él. Sí, amén”, Apocalipsis 1.7. La indescriptible pérdida que experimentarán aquellos que no creyeron en El, se presenta en términos de exclusión de la contemplación de la eminente magnificencia del Señor Jesucristo, 2ª Tesalonicenses 1.9.

Celebra, pues, esta navidad, acudiendo al Señor Jesús para ser salvo.

El cristiano, vive, pues, entre las dos venidas de nuestro Señor Jesucristo. Dos venidas que la Escritura nos insta a recordar en toda la riqueza de su significado, en particular en cuanto constituyen la gloria de la Persona de nuestro Señor Jesucristo. Una ya tuvo lugar, otra tendrá lugar. Lo que la Biblia revela es que lo que nos pase en su segunda venida, tendrá que ver con la actitud que hayamos adoptado hacia Cristo en esta vida. ¿Es Aquel que nació en Belén y murió en una cruz tu único Señor y Salvador? ¿Has acudido por fe a El para ser salvo? Recuerda las palabras de Agustín de Hipona: “Cristo volverá a la tierra: No resistamos su primera venida, para que no tengamos que temblar en su segunda venida”. Y es que si, ahora, en esta vida, has recibido a Cristo como nuestro Señor y Salvador personal, a Aquel que vino a salvarnos por medio de la cruz, entonces, su segunda venida será para ti un motivo de gran gozo. Como Juan podrás decir: “si, ven, Señor Jesús”, las palabras con las que concluye el Apocalipsis. ¿Estás esperando su segunda venida a la luz de lo que significó su primera venida? Y, si así lo tienes, como tu Salvador, entonces aguarda con jubilosa expectativa ese Día en el que aparecerá el Señor Jesucristo en su exaltación final. Ese será el mejor de los días pues entonces: “Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni funeral, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron”, Apocalipsis 21.3,4. Entonces, contemplaremos de una manera satisfactoria y creciente al Cordero inmolado por nosotros y diremos a gran voz por toda la eternidad: “ Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos”, Apocalipsis 5.13.

 

Podéis encontrar el artículo completo de José Moreno Berrocal en Protestante Digital.